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Editorial

Ottawa dijo que sí

Ottawa dijo que sí

La cara de felicidad del ministro Luis Guillermo Plata, durante la rueda de prensa citada ayer en la mañana en Bogotá, lo decía todo. Y es que al cabo de meses de esfuerzo, el titular de la cartera de Comercio, Industria y Turismo podía contarle al país que el Tratado de Libre Comercio firmado con Canadá el 21 de noviembre del 2008 es una realidad.

Atrás quedaron las angustias que trajo la ratificación de un pacto que había sido votado favorablemente hace año y medio por el Congreso colombiano, pero que encontró tropiezos en el Parlamento en Ottawa. Una vez más, la labor de cabildeo de los grupos opuestos a este tipo de iniciativas logró congelarla durante un tiempo, esgrimiendo más razones políticas que económicas.

Sin embargo, todo eso forma parte del pasado. Lo que viene ahora es aprovechar las ventajas de un TLC que es particularmente generoso y que abre un espacio inmenso para crecer. Eso debería ocurrir con relativa facilidad, si se tiene en cuenta que el intercambio entre ambas naciones es todavía muy limitado.

Según el Dane, las exportaciones de Colombia a Canadá ascendieron a 175 millones de dólares entre enero y abril de 2010, con un incremento de 17 por ciento con respecto a igual lapso del año previo. Por su parte, las compras fueron de 259 millones de dólares, con un alza del 28 por ciento, lo cual confirma el carácter deficitario de la relación bilateral. En general, el comercio se basa en bienes primarios, pues nuestras ventas se concentran en carbón, café, petróleo y flores.

De vuelta, en las importaciones hay trigo, hortalizas y cebada, aunque también se destacan los abonos y el papel. Dicha composición debería cambiar si los exportadores colombianos aceptan el desafío de abrir nuevos mercados. El ingreso anual promedio de los 33,8 millones de canadienses es de 38.290 dólares, con lo cual el país más extenso del hemisferio tiene uno de los niveles de vida más altos del mundo.

Si bien los principales centros de consumo están distribuidos a lo largo de miles de kilómetros, la experiencia de otras economías latinoamericanas sugiere que es posible ganar espacio, en una población que es también rica culturalmente.

A su favor, Colombia tiene la ventaja de que el TLC representa el acceso inmediato y libre de impuestos para el 99,8 por ciento de los bienes industriales comprendidos en el universo arancelario. En el caso de la agricultura, dicha proporción asciende al 97,6 por ciento. En términos prácticos eso le abre posibilidades a los textiles y las confecciones, al igual que al azúcar, los biocombustibles y las flores, entre muchos otros.

En el sentido inverso, el principal beneficio puede ser para los cultivadores canadienses de trigo y cebada, ya que en años recientes se ha visto un desplazamiento en contra de Estados Unidos, que había sido el proveedor principal de tales productos. Ahora este último comienza a asumir en carne propia el costo de que el acuerdo comercial firmado entre Bogotá y Washington continúe en el limbo.

Por otra parte, hay que destacar el avance en materia de inversiones, pues el marco adoptado facilita la llegada de capitales orientados a sectores productivos. Dicho auge, a decir verdad, ya se estaba dando, puesto que una proporción importante de los recursos destinados a exploraciones y explotaciones petroleras y mineras que ha recibido el país tienen origen canadiense. Ahora, como es de esperar, el ritmo podría aumentar gracias a un esquema más favorable, que ojalá incluya más ramos que antes.

Todo lo anterior abre perspectivas interesantes, cuya responsabilidad de desarrollo le corresponde al sector privado. Si alguna lección ha quedado del enfriamiento reciente con Venezuela es que, así sea más cómodo, a los exportadores nacionales no les conviene concentrar los huevos en la misma canasta. Por tal motivo, la de Canadá es una opción nueva que contribuye a ampliar el abanico de posibilidades existentes.

No menos importante es que lo sucedido en Ottawa sirve para enviar un mensaje a Washington, en donde la mayoría demócrata en el Capitolio se niega a estudiar los TLC pendientes de ratificación. Y esa señal también debería escucharse en Estrasburgo, sede del Parlamento Europeo, que en unos meses abocará el estudio del pacto firmado con Bruselas, y en donde también empiezan a vislumbrase los nubarrones de tormenta.

http://www.portafolio.com.co/opinion/editorial/editorial-ottawa-dijo-que-si_7768584-3

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